jueves

11 agosto 2011. Pagina de Gastronomía.


 

Tania Castro.


31 PRODUCTOS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO

La divina roca

ALFREDO ARGILÉS
Sal de salario. Suma que se daba a los soldados para que comprasen sal. Sofisticando el sistema financiero sucedía que en Caniclu, provincia sometida al imperio del Gran Kan, fabricaban una moneda de sal -cocida para darle forma en su secado- que era parte fundamental del sistema monetario, con peso exacto y buena ley al decir de los nativos, aunque se desconoce si la ley se medía por la concentración de carbonatos sódicos o potásicos que contuviese.
Sazonar las comidas con sal no deja de ser una redundancia
Pero antes de acuñar moneda con la divina roca los reyes ya sabían que el poder de la sal es tan eximio y más valioso que el del oro, y los tributos de sal eran mucho más apreciados por los beneficiarios que los demás, al contrario que sucedía con los contribuyentes, que por cualquier gabela organizaban una revuelta. Así opina, al menos, erudito tan versado en cuestiones de la sal como don Bernardino Gómez Miedes, obispo que fue de Albarracín, que a mediados del siglo XVI se estrujó el magín para pergeñar más de 800 páginas -¡en latín!- sobre el condimento, haciéndonos de esta suerte admiradores de su talento y devotos de la sustancia.
Imprescindible para la existencia, todos nuestros alimentos la llevan consigo -ya demostró el científico Claude Bernard en el siglo XIX que el líquido extracelular está lleno de ella- y sazonar las comidas con sal no deja de ser una redundancia alimentaria aunque también un placer para el paladar, que rezuma de satisfacción cuando por medio de esta sustancia lo que ingerimos aumenta su sabor y penetra nuestras papilas.
Ingrediente y conservante, todo en uno, por su merced prosperaron el comercio y la industria, e incluso alguna religión como la católica, ya que fue capaz de alimentar el cuerpo -que no el espíritu- a los millones de practicantes de esa cultura que tenían que conformarse con el salado bacalao para que sus devociones en tiempo de Cuaresma no se viesen frustradas por las hambres. A falta de sorbatos, sulfitos, nitritos, acetatos, propionatos y demás químicos conservantes, los grandes pescadores noreuropeos tenían la sal inundarnos de los excedentes que les proporcionaban sus fríos mares, que aquí y en todos los mundos del interior comían los parroquianos con la pasión del converso.
Aunque hoy las cosas han cambiado, y ya no es castigo sino placer lo que obtenemos de la inmemorial técnica curativa; cuando pensamos en sal pensamos en salazón y, según nuestras posibilidades, en el abadejo o el curadillo, en el arenque y en el capellanet, o en las más importantes razones gastronómicas que nos proporcionan las huevas conservadas, sean de mújol o de atún, de salmón o de esturión.
La sal en la cocina lo es todo y no es nada, como impuesto que fue transforma en oro todo lo que toca y una comida sin sal resulta deleznable cuando menos. Sin embargo, por sí misma hoy nada vale y no ha habido ingenio que la prescriba en soledad, así sus orígenes se sitúen en los mares de Torrevieja o en las altas rocas del Himalaya.

 

EL APERITIVO DE

Una apuesta por los productos de la huerta y las latas

PABLO LLORENS

Qué le vamos a hacer. No soy muy de vinos, ni de café, nunca di el paso. Igual que de pequeño jugaba con plastilina y ahora me dedico a la animación, quizá me quedé anclado a la infancia en esto del aperitivo, el comer y el beber. Si hay colacao, mejor, si hay coca-cola, también. Me gusta el colorido de la mesa antes de comer, de la mesa del verano. Recuerdo mi niñez estival en la playa de Gandia con mis abuelos. Eran de Alcoi. Cuando aún no había torres de apartamentos, contaba mi abuelo, cogía a la familia y plantaba una chabola en la arena para pasar el fin de semana. Luego se compró una de las primeras casas y los primos y nietos la disfrutamos. Me gusta el colorido que recuerdo de esa mesa, los cuatro platos que parecen una fiesta, un cumpleaños del Chiquipark: papas, berberechos y coca-cola mezclados con el sabor a cloro de las gotas de agua que resbalaban a mis labios. Esa es la felicidad. Ahora hago un poco lo mismo, sigo apostando por las latas y productos de la huerta y quizá, pues es la verdad, sucumbo de vez en cuando a los encantos de las tortillas de don Vicente. No sé qué hace, nadie lo sabe, pero tiene mano. Don Vicente es el padre de mi novia y es famoso en la familia por su tortilla. Él la hace y luego cada uno la tunea a su manera, la pone entre pan, le echa un poco de queso, tomate frito... Placeres sencillos, de niño. Igual debería cambiar, no sé, pero es que hay sabores demasiado complicados. Quizá mis papilas gustativas jamás maduraron.
Pablo Llorens es animador cinematográfico.


INTIMIDADES
Patrimonio mundial
TANIA CASTRO
Si usted no llega al final de este escrito no debe preocuparse. No está muerto. Simplemente, está dormido. La siesta lo ha poseído y contra esto no hay exorcismo. En mi búsqueda de información sobre tan importante asunto he encontrado por Internet una guía de viaje inglesa que afirma: "The siesta is one of the most famous aspects of Spanishlife". ¡Sí señores y señoras! Llevamos años esforzándonos por ser un referente cultural, gastronómico, ¡artístico! ¿Para qué? Porque incluso más allá de nuestros clichés de toros, sevillanas y ¡olés!, nuestra verdadera aportación a la humanidad es esa cabezadita tras la comida. Y yo no estoy en contra, ¡para nada! yo abogo por pedir a la Unesco que la declare Patrimonio de la Humanidad. La siesta, está demostrado, es buena en cualquier época del año. Con manta, sin nada, liviana o seria: la de nuestro Camilo José Cela, "con pijama, Padrenuestro y orinal". La única espinita en mi corazón es porqué la típica cabezadita mexicana bajo sombrero tiene tan mala fama y la española es algo sanísimo. No tengo respuesta, pero muy lejos de querer comenzar una disputa internacional apuesto por una acción de apoyo a la integración de culturas. Véase: acomodémonos en el sofá, ajustémonos el sombrero mariachi y sucumbamos en un gran homenaje al typical spanish way of life.


QUIQUE DACOSTA

Sal y pescados

QUIQUE DACOSTA
La sal, o a la sal. Me viene a la cabeza la cantidad de pescados que hemos hecho en mi vida de cocinero en el restaurante del que hoy soy propietario. Pescados a la sal. Dios, hemos hecho el Mediterráneo entero. Pues bien, ya es sabido, pescado, sal y un horno... así de fácil, así de difícil.
Fácil porque para hacerlo solo es necesario un pescado tipo lubina, dorada, lenguado, rodaballo, cubierto de sal gruesa marina de una capa de 2 cm arriba y abajo, y puesto al horno. Conviene secar previamente la piel del pescado, para que no se pegue la sal al mismo, y así facilitar la tarea a la hora de servirlo. Después, 17 minutos a 220 grados centígrados si el pescado pesa un kilo. Dos minutos más de horno por cada kilo de más... así rezan los diccionarios de cocina. No hay que fiarse siempre. Ahora que los hornos ya tienen una sonda de temperatura, podemos aprovecharla. Si el pescado que utilizamos es uno de los nombrados, u otros más económicos, como la sardina o el salmonete de roca (con más espina, pero igualmente sabroso), debemos comprobar que llegue a 45º C en el interior, y ya podemos sacarlo, dejarlo reposar cinco minutos más y después a limpiar. Aliñar con aceite de oliva virgen extra, y adelante con él.

FUENTE: ELPAIS
www.quiquedacosta.es


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