31 PRODUCTOS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO
Un perfume
irrepetible
ALFREDO ARGILÉS
Refinadísimo
y elegante manjar, conocido y también admirado desde la antigüedad, de
irrepetible perfume en todas sus variedades y que lo mismo se come asada a las
brasas, envuelta en ceniza, que adosada a un par de huevos fritos, con algo de
sal gruesa y una mínima punta del mejor vinagre. Para dar testimonio de su
nombradía baste decir que el propio Apicio, autor del más conocido recetario de
la Roma imperial describe en su tratado De
re coquinaria seis formas de preparar el producto, y hay que señalar que
los romanos en este caso no gozaban de aquellas más sabrosas y se conformaban
con importarlas de Libia, que las produce de una clase inferior.
Cualquier
producto, hasta los humildes espaguetis, bastan para admirarla
Quizás es
nuestra obligación comenzar señalando que trufas que cumplan lo prometido en
los sueños gastronómicos hay pocas, y cabría clasificarlas en dos especies
principales: la trufa negra, que se recoge en invierno en pequeños parajes
poblados de robles y encinas, la tuber
melanosporum, y la trufa blanca -tuber
magnatum- que solo se produce en el Piamonte italiano y que por esa razón
también recibe el nombre de trufa de Alba, en reconocimiento al pueblo que las ampara.
La negra posee potente aroma e igual concentrado sabor, y su utilización pasa
por tomarla sola o acompañando singulares o vulgares platos, a los que se
pretende dar una mayor entidad. La blanca, sin embargo, de inigualable aroma
que tiende hacia el del ajo matizado, solo tiene utilidad por su perfume, que
no por su sabor, que es nulo, y adquiere sus mayores virtudes cuando la
colocamos en finísimas láminas, cruda, sobre una base que la caliente y con
ello eleve su olor a nuestra pituitaria. Cualquier producto, hasta los humildes
espaguetis con mantequilla, bastan para admirarla, aunque otras sofisticadas
recetas como el puré de patatas con sabayón de trufas que preparan en el
restaurante Drolma de Barcelona nos acercan al paraíso.
Produce
gran ilusión conseguir tan limitado tesoro como es la trufa de Alba, cuyo
precio por kilogramo asciende a varios miles de euros, mas la trufa por
excelencia es la melanosporum, y ello
en base a la magnífica publicidad que produjo la admiración que le profesaron
algunos insignes gastrónomos como Brillat Savarín, que la calificó como
"diamante negro de la gastronomía" y otras lindezas similares.
La
burguesía que surgió después de la revolución francesa parecía no tener límites
en su admiración y consumo, y el fruto del Perigord se expandió en las mesas de
los nuevos dueños del poder como elemento indispensable para figurar entre los
elegidos. Todo se trufaba, desde los pollos a los hígados de pato, en una
acumulación sápida sin fin, y con el paso del tiempo de las mesas pasó a las
industrias, que dieron por comercializar, conservados y enlatados, los
productos más variados con el añadido de: trufado.
En nuestro
entorno próximo la fiebre ha llegado, con retraso, y las magníficas trufas del
Maestrazgo y aledaños se comercializan, en una suerte de mercado sigiloso, por
las calles de Sarrión.
INTIMIDADES
Otras delicias
TANIA CASTRO
El caviar
iraní, la trufa blanca, la carne de Kobe, el pez globo, la sal de la isla de
Laeso, los restaurantes de una sola mesa, la cocina sensorial, en la que te
vendan los ojos, y para los más caprichosos menú degustación en globo
aerostático. Me contaban que en un parisino restaurante de la plaza de Athenée,
cuando pides un té sacan un carrito con pequeños arbustos y cortan hojas
frescas para hacerte la infusión. Delicias -quizá algo caras- de la vida, pero
delicias desde luego. Sin renunciar a la posibilidad de disfrutar en algún
momento de tan exquisitos platos y delicada atención, pienso en cosas más
plebeyas: una copa de vino al llegar a casa. Uno de siete euros la botella
¡nada menos! El mar mojando nuestros primeros pasos más allá de la caliente
arena. El sudor cayendo a gotitas sobre la enorme espalda del socorrista. Sí,
sí, ¡por supuesto! no todo van a ser exquisiteces y romanticismo, que la vida
está llena de cosas mundanas de lo más imprescindibles: tirarse de bomba a la
piscina, beber del brick a pie de
nevera, la pizza fría, o cortarse las uñas de los pies. Raro, lo sé, pero,
¡venga!, todos nos hemos sentido reconfortados y mirado enorgullecidos nuestras
cuidadas extremidades. Y personalmente, prefiero una mesa inmensa, porque no
hay mayor placer, amén de gratuito, que compartir.
FUENTE : ELPAIS.
www.quiquedacosta.es

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