sábado

13 agosto 2011. Pagina de Gastronomía.



Amor sacro y amor profano
TANIA CASTRO
Homenaje a los ajos en la obra Amor sacro y amor profano, de Tiziano.

31 PRODUCTOS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO
Para construir vocaciones
ALFREDO ARGILÉS

Fue Heródoto un aclamado historiador que vivió en la Grecia clásica en los tiempos del siglo V antes de nuestra era. Viajó por el mundo conocido, y fruto de estas visitas resultaron los escritos sobre los pueblos que conoció, entre los cuales se encuentra Egipto. Allí admiró las pirámides, construidas muchos siglos antes, cuando los faraones eran los amos del mundo, hasta que llegó Cleopatra y con ella - y Julio César- el imperio decayó.
El faraón Keops gastó, al cambio, 44 millones de euros en comprar ajo
Pues bien, Herodoto, que era solvente investigador, indagó sobre la citada construcción, quienes las habían hecho, qué habían comido y cuánto había costado la habilitación de semejante tropa. El resultado fue inesperado: los trabajadores de empeño tan colosal habían subsistido con rábanos, cebollas y ajos, que les daban el necesario vigor. En esas sutilezas palatales, el faraón Keops había gastado la nada módica cantidad de mil setecientos talentos de plata, cifra que calculamos equivaldría hoy a más de cuarenta y cuatro millones de euros, lo cual nos indica la cotización del ajo en la antigüedad.
A más de un euro el kilo se cotiza actualmente el morado de Las Pedroñeras, cima de la calidad aunque no de la cantidad, que en eso los chinos nos abruman con más de doce millones de toneladas al año.
Los chinos los comen envueltos en los rollitos y guarneciendo y combinando los patos y demás ambrosías de las que tienen costumbre, aunque para nuestro gusto queden sutiles, acostumbrados como estamos a los raciales y fuertes sabores que nos brinda perlas de nuestra más clásica y humilde gastronomía.
Para comenzar unas sopas de ajo, llamada así porque en su contenido brilla la familia alióidea, del género allium, sobre todos los demás. Las verdaderas sopas de ese nombre se caracterizaban por la simpleza de su concepción, que se resumía en el fruto frito y algo requemado, que daba sabor al agua que los cocía y por tanto al pan que anegaban. Y fin.
Con estos sabrosos mimbres se construyeron vocaciones, aunque no pirámides, y los conventos se llenaban de olor al sempiterno ajo nada más el día se hacía presente. Pero claro, el afán de superar lo conocido llega a todas partes, y ahora es costumbre que el caldo contenga trazas de jamón, que el pan sea hecho ex profeso a tal fin culinario, y que hasta se añadan al servir la colación de algunos huevos, que se pochen en la mezcla y le confieran las calorías que desconocía.
Y después el ajoblanco, el all i oli, el pesto, la salsa que llaman "a la espalda", y ese infame manjar compuesto con aceite y perejil que cubre, en los bares de este nuestro mundo, cualquier sepia a la plancha que se precie.
Elemento imprescindible de nuestra cultura, logra estar presente en todas las salsas, comenzando por el inevitable sofrito que proporcionará sabor a guisos y más guisos, y continuando con toda suerte de especialidades locales y provinciales, de las que pueden servir como inmejorables ejemplos el ajoarriero, el atascaburras, las gambas y las angulas. Sin ir mas lejos.


EL APERITIVO DE
La coca 'malhecha', la merengada y entre tanto la olla

Adoraba los veranos de mi infancia. Mis padres nos llevaban a todos mis hermanos y a mi a Altura, en el Alto Palancia (Castellón) a pasar el calor con mis abuelos y mi tía Ángeles. De Altura me decanto por la visita al Santuario de Cueva Santa, el bañito en la piscina Municipal, el salir a la fresca a la plaza del pueblo con los amigos... Pero sobre todo eso, lo que más me gustaba y me gusta, es salir por la mañana temprano al horno del pueblo y comprar una porción de coca malhecha. Luego, con el mediodía, tener en la mesa un plato de olla de los que hacían mi abuela o mi tía; que me tendréis que disculpar cuando os digo que era "para chuparse los dedos". Y como no, para un hombre goloso como yo, lo que más visitaba (y de hecho, en cuanto tengo la ocasión no dudo en visitar) es la heladería del pueblo para tomar un buen helado casero de leche merengada.
Muchas veces, sobre todo en estos días de verano de 38 grados, llego a casa tras un día de duro trabajo, y no os podéis ni imaginar lo mucho que echo de menos mi infancia en Altura. Allí hace calor pero por la noche dormíamos con una "mantita". Aquí, en la Vall d'Uixó, este lujo solo lo tenemos si encendemos el aire acondicionado.
Desde luego, recomiendo a todo aquel que tenga la oportunidad y sea igual de "glotón" que yo, que pase un día por Altura, que deguste los buenos dulces caseros que ya os he nombrado anteriormente y que le eche dos horas al aperitivo y a la coca malhecha.
Alex Debón es piloto de motociclismo.



TANIA CASTRO
Hambre literaria
TANIA Me desperté con ansia. Un ansia profunda de leer. Busqué entre mis libros y no sentí antojo de ninguno de ellos. Marché de ruta. Una librería céntrica y grande. Otra más pequeña. Esa antigua a la que siempre había pensado entrar pero aún no lo había hecho. Seguía sintiendo ansia pero no conseguía definir de qué. Compré el periódico. Busqué alguna referencia entre sus páginas, nada. Mi hambre no hacia más que crecer. Era cada vez más grande. Comencé a morderme las uñas y decidí volver a aquella gran librería. Un libro tras otro pasaban por mis manos. ¡ Este!, ¡no, este!, que va, va a ser ¡este!. Eran todos excelentes pero ninguno era el que buscaba. Frustrada, comencé el retorno a casa. Despacio, un poco triste y aún muerta de hambre literaria. A mitad de calle, de pronto, un graffiti: una pareja y un voraz cuadrado negro entre los dos junto con la frase "El espacio que impide que dos personas se amen eternamente". Unas calles más allá, una cara enorme con barba de serpientes y la tabla de los diez mandamientos donde solo se leía la letra euro. Justo enfrente, un montón de coches aparcados en vertical como menú suculento. Continué andando. Una escalera hacia el cielo y la frase "Bonjour tristesse". Después de algunas horas sentí mi ansia saciada y comprendí que también existe la literatura urbana.


El ajo y el remedio
QUIQUE DACOSTA


El ajo no esta muy bien visto en las comidas finolis. No lo esta por sus efectos secundarios: su olor, que me repite, que me deja mal sabor de boca. ¡Donde ha quedado el carácter mediterráneo y el componente cañí de nuestra cultura! Es verdad que el ajo, como la cebolla y el pimentón, son ingredientes muy presentes en nuestra cocina popular. ¿Cómo domesticamos el ajo, para poder seguir disfrutando de él, sin que este sea tan invasivo?
Pensemos que mañana tenemos un arroz que hacer, una sopa o un guiso: caliente un vaso de aceite de oliva en la sartén. Solo calentar. Introduzca un diente de ajo y apartar inmediatamente la sartén. Dejamos reposar toda la noche juntos. Al día siguiente quite el diente de ajo y utilice el aceite para realizar su guiso. Tendrá el matiz de ajo deseado. Si quiere que sea menos potente todavía, retire al ajo del aceite antes.
Si por el contrario prefiere una sopa fría, emulsionada con ajo, sin que este se apodere de la elaboración, le propongo hacer lo mismo pero con el aceite en frío, sin calentarlo. Introduzca en el aceite un diente de ajo una noche y al día siguiente lo retira. Este aceite tendrá el aroma de ajo, que usted podrá controlar.

FUENTE:ELPAIS.

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